El rey Juan III de Portugal decide que la mejor forma de mantener buenas relaciones diplomáticas con su primo austriaco es regalarle un elefante llamado Salomón, así que el pobre paquidermo tiene que cruzar media Europa a pie en pleno siglo XVI, acompañado de su cuidador hindú y un séquito militar bastante inútil. En el camino se topa con aldeanos que lo confunden con un dios, curas que intentan exorcizarlo con "agua bendita" (que en realidad es de pozo) y toda la burocracia absurda del poder real. Saramago, con su ironía marca registrada, convierte el capricho de dos monarcas en una reflexión sobre lo ridículos que somos los humanos comparados con la dignidad silenciosa de un animal.
